Los que sobreviven nunca son los mismos
Información del libro
Resumen
Los que sobreviven nunca son los mismos porque después de un suceso, de un trauma, de una rutina fastidiosa, de una vida, nadie puede volver por completo a un estado de inocencia. Algunos se ponen en manos del destino, de Dios, de la vergüenza, del tiempo inexorable. Otros no sobreviven.
Extracto
DODGY DAVE, PUERTA 5
Le quería como se quiere a un perrito cojo: con pocas ganas y mucha pena. Lo curioso es que nunca tuve miedo, ni siquiera cuando limpiaba sus armas o afilaba sus machetes, momentos en los que él se sentía a salvo. No es difícil comprender que al ser un veterano de guerra ha visto y hecho cosas terribles y que su miedo a perder el control de nuevo hacía que todo lo quisiera tener bajo el poder absoluto de un rey. Sin embargo, me asustaba mucho su debilidad. Cada vez que veía el miedo en sus ojos me temblaban las piernas, sentía frío dentro del pecho e incluso tartamudeaba. Imaginaba las cosas que podría haber hecho a mujeres indefensas que vendían sus cuerpos para comer. Tenía pesadillas con fantasmas en caminos adornados de minas y niños con cestas llenas de latas de cerveza que explosionan al coger una. Este era el tipo de historias que me habían contado sobre Vietnam, aunque Dave nunca dijo una palabra. Esas imágenes me venían a la cabeza cuando creía ver una expresión en sus ojos cercana a la locura. Entonces su frente se cubría de gotas de sudor, tiraba el colchón al suelo y lo dejaba junto a la pared, se acurrucaba en la esquina y vigilaba el perímetro. En ese instante, supongo que surgía ante sus ojos su primera víctima: una anciana que llevaba agua y a la que confundió con un soldado. En aquellos momentos parecía perderse en la jungla y yo temía por su vida y por la mía. Qué estúpida, ni siquiera entendía qué hacía con él, si alejarme de mi familia o no estar sola y me escondía bajo la cama en la habitación de al lado. Cerraba con cuidado el pestillo para que no lo oyera e intentaba rezar oraciones que no recordaba bien. Pasábamos varias horas agazapados, separados pero unidos por el pánico hasta que el hambre y el frío hacían mella en nuestros cuerpos. Los fantasmas habían vuelto a su oscuridad, entonces salíamos de nuestros torpes escondites y nos abrazábamos en el sofá. Nos daba igual qué comedia dieran por la tele, comíamos patatas o queso y reíamos como críos, como si nada hubiera ocurrido. Esos son los momentos que más recuerdo ahora que Dave ha muerto.
Su padre, un hombre mayor que gruñía por todo durante el día y farfullaba por la noche, empezó a beber cuando su mujer murió en un accidente. No podría decirse que fuera poco hablador. Compartía una casa grande con dos mujeres de color, que tenían sus apartamentos en la planta baja y Dave y su padre disponían del piso de arriba, en un barrio de Santa Cruz, en California. La casa había sido blanca, pero tenía un penoso color grisáceo y algunas partes estaban desconchadas. El porche consistía en dos sillas, una de ellas con el respaldo roto. Entre medias había una mesa baja llena de polvo con unas velas verdes ya gastadas. Las ardillas iban y venían ajenas a la decadencia que les rodeaba que, aunque joven, ya percibía. Recuerdo muy bien la primera vez que entré. Fue un día al salir del instituto, yo era una chica inocente y tímida. El sol de primeras horas de la mañana me hería los ojos. La puerta chirrió y entramos. La moqueta también tenía ese color indefinido entre gris, marrón y sucio. Libros, vasos de cartón, papeles de caramelos y chocolatinas repartidos por el suelo y a lo largo de las escaleras. La puerta de arriba no estaba cerrada, así que pude observar el desorden y la mugre: trastos viejos, botellas de cerveza vacías y zapatos por cualquier sitio. Su padre no estaba. Era domingo y los domingos se dedicaba a reparar y a lavar su viejo Dodge, que aparcaba siempre frente a la casa. Sólo era cuestión de tiempo que a Dave le llamaran Dodgy. Allí sentada en el porche pensaba en el futuro, que no me interesaba en absoluto, pero odiaba tanto mi presente y a mi padrastro, que deseaba huir y no estar sola.
Nos casamos al acabar el instituto y le llamaron a filas unos meses más tarde. Yo trabajaba de dependienta en un supermercado y nunca quise estar con nadie más. Cuando tras su año en la guerra pidió un segundo tour, comprendí que las cosas no serían fáciles en absoluto y que era probable que el concepto de felicidad que yo tenía en mi cabeza no se correspondiese con el suyo. Había conocido a otros hombres mientras Dave estaba en Vietnam y mantuve relaciones con ellos, pero no quise dejarle cuando pude. A partir de entonces siempre fue demasiado tarde. Él fue mi primer amor y algo parecido al último. Que ese amor se hubiera desvanecido más allá de mi imaginación era irrelevante. Siempre quise creer que Dave era un buen hombre. Nunca me hizo daño y pensé que se merecía que alguien le quisiera aunque fuera de una manera tan poco consciente. Quizá los mejores años fueran los que pasamos en Valencia, en España, cuando volvió del segundo tour para quedarse. Nos tuvimos que marchar de California, porque no soportaba el rechazo de los vecinos, la gente por la calle le insultaba: allí todo le era ajeno. En España vivimos en una casa vieja de techos altos y paredes vacías. Entonces trapicheábamos con drogas, nos ayudó un amigo de Dave, quien nos presentó mucha gente con la que bebíamos y dábamos fiestas. Como nadie encontraba la casa, tuvimos que escribir con pintura en el portal Dodgy Dave, puerta 5.
De aquellos momentos del pasado sólo guardo dos o tres cosas y muchos vacíos. Dave no era como otros veteranos, que el día once, de la hora once, del mes once se colgaban todos sus recuerdos, falsos o no, se colocaban sus viseras, cinturones o camisetas y recordaban lo que pasaban el resto de sus vidas queriendo olvidar. Yo estuve una vez en uno de esos desfiles de ancianos y medallas. Orgullosos y sonrientes aunque sólo fuera por un día, los niños y los papás no sabían si saludar a héroes, villanos o muertos vivientes. Los que estábamos allí agitábamos las banderitas, queriendo creer que nos protegieron, que hicieron lo que nosotros no hubiéramos sido capaces, pero la realidad es que sólo querían sobrevivir y para ello tenían que matar, como todo el mundo: no somos mejores que ellos aunque podamos controlar nuestros fantasmas. Ellos pretendieron ser poderosos mientras tenían armas en sus manos pero ahora son títeres de mentes enfermas. En realidad, sus vidas son una triste sucesión de notas musicales que terminan abruptas, como cuando Dave murió. Todo el mundo creyó que se suicidaría, que moriría de cirrosis como su padre o que acabaría en la cárcel después de apuñalarme, pero no fue así. Murió tranquilo en su colchoneta tirada en el suelo, acurrucado junto a la esquina mientras observaba el perímetro.
Yo ahora estoy en la habitación de al lado con nuestros amigos y algunos de sus compañeros de la 8ª División, que quieren controlar el dolor y sintieron alivio con su muerte, porque los demás siempre están peor que uno mismo. Les dejo con sus gorras en la mano y decido echarme un rato hasta la hora de preparar algo de comida para el funeral.
© Berta Delgado Melgosa